Neil ArmstrongLic. Verónica Pernicone, Docente de EnDiAs 

Era una noche muy fría. El cuarto estaba en penumbras, iluminado débilmente por el resplandor grisáceo del televisor encendido. Acurrucada bajo una montaña de frazadas la niña miraba absorta la pantalla. Apenas asomaban sus grandes ojos y unos rulos rebeldes y renegridos. La expectativa se hacía insoportable.

Era tarde y al día siguiente debía ir a la escuela, pero no tenía sueño. ¡Imposible dormir esa noche! Al menos no hasta que sucediera lo que ella esperaba, lo que todo el mundo esperaba. El Águila ya había alunizado y sólo faltaban minutos para que ese hombre diera su famoso primer paso sobre nuestro satélite, ese paso que representaría 'un salto gigantesco para la humanidad'.

Ansiosa y emocionada, vio esa imagen borrosa y contuvo el aliento cuando el pie del astronauta tocó el polvoriento suelo lunar. A pesar del frío saltó de la cama y corrió a abrir los postigos de la puerta que daba al patio. Miró el cielo y buscó la Luna, territorio fantástico que albergaba el mayor acontecimiento que había presenciado en sus pocos años vividos, tan sólo ocho. La maravilla la había enmudecido, justo a ella que nunca paraba de hablar, y observaba boquiabierta la cara de la Luna, tratando de distinguir algo, un indicio, que le mostrara que lo que veía en el televisor estaba verdaderamente sucediendo en ese momento, allá arriba.

 No le interesaban a esa niña las discusiones de los adultos acerca de la Guerra Fría, Vietnam, o la necesidad de invertir ese dinero en algo más útil que un viaje a la Luna. Para ella nada era más importante que esa hazaña. ¿Qué podía entender de política internacional esa pequeña alumna de tercer grado?

Pero sí sabía que el espacio estaba lleno de secretos, que la Luna era misteriosa y solitaria, que los millones de estrellas que engalanaban el firmamento eran soles lejanos que ofrecían su luz y su calor a la vida que, tal vez, crecía en otros planetas. Y recordaba la infinidad de disparatadas ideas que ella y sus amigas de la escuela habían estado discutiendo con la maestra desde el despegue de la Apolo 11. ¿Y si la Luna se caía cuando caminaran sobre ella? ¿Y si era como un globo y se desinflaba? ¿Y si vivían allí otras personas? Sin embargo, el valiente astronauta estaba recorriendo ese desierto gris, y era sólido, no se desinflaba, y tampoco lo había recibido una delegación de selenitas. Las preguntas habían sido respondidas pero la emoción perduraba.

Pasaron más de cuatro décadas y casi no me reconozco en esa niña asombrada de 1969. Muchas cosas cambiaron, pero esa emoción permanece inalterable cuando pienso en la noche del 20 de julio y en los días que la precedieron. Luego fue todo festejo y alegría, pero el suspenso previo, la urgencia al llegar de la escuela para encender el televisor y esperar noticias del histórico vuelo, eso nunca podré olvidarlo.